Taller Bosque Primario
 

(Fragmento)


En veinte años había leído la novela veintisiete veces, y había decidido realizar los grabados pensando que dominaba, al derecho y al revés, su paraíso literario. No había realizado ningún boceto pero sentía que algunos párrafos y pasajes relevantes estaban haciendo fila en mi recuerdo. Comencé dibujando un episodio aterrador: el tren cargado de muertos que se desplazaba sigiloso por entre las plantaciones de banano en dirección al mar; en la agonía del capítulo XV. Realicé algunos dibujos y me decidí por uno de ellos, y habiendo preparado la lámina y comenzado a trazar las primeras líneas con la punta sobre el metal, sentí el acoso de la muerte del coronel Aureliano Buendía, aquella tarde en que por primera vez pisó concientemente una trampa de la nostalgia cuando en vez de ir a orinar al castaño, salió a la puerta de la calle y se mezcló con los curiosos que contemplaban el desfile del circo que llegaba; ya quería dibujar la mujer vestida de oro en el cogote del elefante y dibujar también un dromedario triste, y pensando en esto, sentí la algarabía de los pájaros que orientaron a los gitanos la primera vez que llegaron a Macondo; luego vi sobre mi cabeza a Aureliano Segundo y a Petra Cotes tapando los platos en la mesa del comedor para ir corriendo a la alcoba a morirse de hambre y de amor. Iba de un párrafo a otro apasionado por la inquietud que me producían los pasajes; escuchaba a José Arcadio Buendía amarrado al castaño, gritándome que hoy también es lunes, y detrás de él veía a Pietro Crespi volando sobre un caballo tratando de estar a tiempo para su boda. Fueron años de delirio.

Todo mi entorno se trasformó en una especie de excitación permanente y con cierta dificultad logré mantener el equilibrio con las cosas que sucedían mas allá de las cuatro paredes de mi taller. Incluso en las noches mientras dormía, remediaba problemas que durante la vigilia laboriosa no podía resolver sobre los grabados. Sentí felicidad y oré para mantenerla. Así continué, orientado por el fondo de pirotecnia festiva en que se fue convirtiendo la novela.

Una tarde entró en mi taller la serenidad y pensé que si seguía avanzando por ese camino condicionado por mi emoción, en algún punto terminaría su recorrido, como suele terminar el camino limitado de las pasiones. Sin vacilar decidí imponer un método ordenado y no seguir descuadernando la novela buscando a saltos los pasajes que me acosaban. Volví al principio, a la primera página, a la primera frase, y desde allí, palabra por palabra y con un lente distinto en mi mirada, leí por primera vez el poema épico, escrito en prosa, que no había leído antes. Me di cuenta también que la serenidad era una manera de prolongar a voluntad la pasión con que había comenzado. Entonces, ya no me orientaba el carácter dominante de ciertos pasajes sino la materia con que estaban escritos: su lenguaje y su poesía reverberante. Las nuevas ocasiones en que volví a leer la novela ya no lo hice con el ánimo de poseerla en mis grabados, sino de entregarme a la presencia oscilante de su poesía, que aparecía y desaparecía según la concentración de mi entrega, y seguirla con mi mano. Así avancé, cuando me era posible ese transito en el que uno no es porque sí, ni por capricho, sino porque algo exterior, quizá un oficio, nos otorga realidad. Fueron muchos aquellos momentos de lectura en que la novela me mostró su luz, esa luz que se incrusta algunas veces en la mano del escritor un instante antes del acto de escribir, y que desaparece un segundo después.

Cien años de soledad al aguafuerte es un homenaje a Gabriel García Márquez y a su hermosa novela, pero es también mi gratitud al maestro de escuela, Ignacio Peñuela quién me enseñó a leer y a Irma Obligado de Ortegón, mi maestra de literatura escolar, que me enseñó el prodigio de la lectura, que como verdadero milagro es la certeza perdurable de una felicidad que se construye lentamente, contra toda adversidad, y nos acompaña para siempre.

 

PEDRO VILLALBA OSPINA

Contáctenos